La razón

Mario Barghomz

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Pregunta: ¿de qué vale o sirve tener la razón o no sobre lo esencialmente humano de nuestra naturaleza? Poco o nunca he sido partidario de ella; de juzgar a otro porque no la tenga, o asumir una postura de grandilocuencia o certeza al presumir tenerla. Siempre he creído que la razón (la que sea) no importa si hay sinceridad y modestia en aquello que busca entenderse o saberse como lo hacía Sócrates.

Al filósofo ateniense no le importaba saber nada o tener siempre la razón en algo o en ninguna cosa. Como buen sabio decía no saber siempre, a partir de lo que iniciaba una conversación (no una disputa) para llegar al conocimiento. Este método se llama mayéutica, y es aquello que surge no de la discusión o presunción de saber algo, sino de indagar y preguntar, de “parir” aquello que quiere saberse.

Y si la razón no está de parte de nadie a la hora de abordar un asunto o discutir un tema; “siempre habrá razones del corazón que la razón no entienda”, -decía Pascal para responder al carácter racionalista cartesiano con lo que todo pretendía juzgarse. “Pienso, luego existo”; reza el famoso lema de René Descartes, asumiendo que toda verdad o razón descienden del pensamiento.

Y razonar está bien, sin duda, pero percibir y sentir con el resto de los sentidos (dice Aristóteles) o la inteligencia misma de las emociones para comprender o entender lo que quiere saberse, debe ser también un buen argumento a la hora de aclarar o decir algo. Sentir que se tiene la razón o saberlo a ciencia cierta, no da pauta para despreciar lo que otro no sabe (o siente) y adoptar una postura arrogante y soberbia ante lo que se presume como cierto.

Damasio mismo, uno de los mayores neurocientíficos de nuestro tiempo (quizá el mejor de todos) habla de la inteligencia no como algo que se tenga en el prefrontal de nuestra corteza cerebral (la parte racional de nuestro cerebro), sino en el componente mismo de una naturaleza más holística a la hora de decir o sentir algo, o tomar decisiones. Los sentimientos mismos (como argumenta Pascal) y el carácter reactivo de nuestras emociones, dirigidos, por supuesto, por un pensamiento coherente; harán siempre la diferencia entre aquello que se sabe bien y lo otro que solo se especula o presume saberse.

Aunque la razón le pertenezca a Descartes, Pascal tampoco se equivoca, y Damasio menos. Por qué empeñarse entonces en razones que además dentro de la diversidad de cada cabeza humana (en lugar del respeto a la tolerancia y la divergencia), a la hora resultan zanjando aquello que ninguna disputa resuelve, sino incordia y separa lo que antes estaba, debe o pudo estar junto.

Todo razonamiento por supuesto proviene siempre de un pensamiento que intenta buscar la verdad para saber o demostrar algo. Aunque no (yo diría nunca) sin reflexión, la investigación científica, o la inteligencia holística de un cuerpo y una mente debidamente conectados de manera homeostática (como dice Damasio) a la hora de decir o predicar que se tiene la razón en algo.

“Parir” una idea o hacer un juicio serán apenas el punto de entrada o partida para elaborar un razonamiento que nos oriente y nos guíe hacia el conocimiento de la verdad que buscamos, sin disputas ni agravios, y mucho menos con discusiones imbéciles de ignorantes engreídos más pusilánimes que sabios.