Impulsando Talentos, noche de aplausos y emociones

El Palacio de la Música se llenó de vida al ritmo del Son de la Negra: “Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí, pero no les digas cuándo”. Con esas notas vibrantes comenzó el concierto “Impulsando Talentos”, una velada que se convirtió en un homenaje a la música mexicana y a la pasión de quienes la interpretan.

El mariachi Nuevo Yucatán abrió la noche con guitarras, violines y trompetas que hicieron palpitar al público. “Peregrina” y “A Yucatán” fueron cantadas con el corazón y evocando orgullo.

El tenor Humberto Cravioto apareció en escena y los aplausos lo envolvieron. Con humildad compartió: “Lo mejor que se puede llevar uno de los conciertos, son los aplausos de la gente”. Su presencia marcó el inicio de una serie de interpretaciones que se convirtieron en un desfile de emociones.

Los jóvenes cantantes recibieron “la tradicional patadita” de Cravioto, símbolo de buena fortuna. Mariano Soto fue el primero en levantar la voz con “El Rey” y “Reinas de Reinas”, agradeciendo emocionado: “Me siento muy contento con el público y muchas gracias, maestro Humberto, por acudir a la invitación”.

El momento más íntimo llegó con Felipe de la Cruz, quien interpretó “No”, tema de Armando Manzanero compuesto en 1966. “No, porque tus errores me tienen cansado, porque en nuestras vidas ya todo ha pasado, porque no me has dado un poquito de ti…”. La sala entera se unió al canto, transformando la interpretación en un coro de nostalgia, despecho y ternura.

Las voces femeninas también brillaron, con Abril Rivas, que conmovió con “Te Quiero, Te Quiero”, mientras que la joven yucateca Ashera encendió al público con “La Bikina”: “Solitaria camina la bikina, la gente se pone a murmurar…”, coreada con fuerza por los asistentes.

La velada continuó con Raúl Padro, vestido de gala en traje de mariachi, quien interpretó “Urge” y “Un Motivo” con entrega absoluta. La música siguió fluyendo mientras la luna acompañaba desde lo alto, convirtiendo la noche en un retrato sonoro de México: apasionado, orgulloso y eterno.

Texto y foto: Alejandro Ruvalcaba