Joaquín de la Rosa Espadas
¡Aaah, nada como la brisa de noviembre!
Samuel, joven ganadero, se incorporó del césped con la mente despejada. Ser dueño de un pequeño grupo de terneras no le quitaba el sueño. El olor a pasto húmedo y el sonido de los mugidos que llegaban desde unos metros más allá lo relajaban hasta el punto de adormecerlo.
—El día es tan hermoso que no disfrutarlo es un crimen —pensó.
Su finca exigía pocos cuidados y escasa atención al detalle. Sin embargo, aquello no lo libraba por completo de preocupaciones. Del grupo de vacas, una se había dispersado fuera del corral. Toño, su sabueso, le ladraba insistentemente para imponer orden, pero el animal no se inmutaba. Samuel decidió acercarse.
Al llegar, notó que se trataba de la res nueva, adquirida la semana anterior a un proveedor desconocido. El sol caía de frente sobre el animal, pero el brillo no se reflejaba en sus manchas negras; por el contrario, estas parecían hondas, como si absorbieran la luz.
Samuel se agachó, tomó una piedra y se la lanzó. La piedra desapareció en el cuerpo de la vaca sin provocar movimiento ni reacción alguna. Tampoco escuchó el impacto.
Quedó estupefacto. Se pasó la mano por el rostro, como si ese gesto pudiera darle sentido a lo que acababa de presenciar. Luego intentó tocar una de las manchas: sus dedos atravesaron la superficie sin resistencia. Armado de valor, dio tres pasos atrás, tomó impulso y corrió para introducirse en el animal.
El interior era un espacio delimitado y funcional, semejante a una habitación estrecha. Samuel cabía de pie; incluso había algunos metros que le permitían caminar e inspeccionar el lugar. El suelo era firme. En una esquina encontró un pequeño charco de leche, de apenas unos centímetros de profundidad.
Localizó una ventana de luz y salió por ella. Sin embargo, emergió por el abdomen de otro bovino.
El paisaje había cambiado. No estaba en su establo ni en su país. Frente a él se extendían praderas desconocidas bajo un cielo ajeno. Reconoció el lugar por una bandera que ondeaba sobre unas casas: Suiza. A lo lejos, dos granjeros conversaban y se aproximaban. Asustado, sin conocer el idioma ni saber cómo explicar lo ocurrido, Samuel retrocedió y volvió a entrar en la vaca. Introdujo su cuerpo hasta el cuello y esperó, atento a cualquier movimiento.
Entonces, un becerro blanco, sin manchas, se acercó a la res en la que él se ocultaba y comenzó a amamantar. Samuel fue succionado a través de las ubres sin posibilidad de resistirse, arrastrado hacia el interior del ternero.
Ahora estaba dentro de él.
El espacio era mínimo. No había manchas, ni aberturas, ni superficies que cedieran. Apenas cabía. No podía extender brazos ni piernas; sus articulaciones chocaban contra una pared uniforme. Intentó girarse, empujar con los hombros, con las rodillas, con la espalda. Nada se movía.
Gritó pidiendo ayuda, pero sus gritos no salieron como palabras. Desde el exterior, lo único que se oyó fue un mugido emitido por la vaquita. Samuel perdió el conocimiento.
Días después despertó con una conciencia distinta. No veía ni escuchaba, pero sentía presión y desplazamiento. Fue partido en dos. Sintió el metal, el pinchazo, el levantamiento. No hubo dolor, solo registro. Voces ajenas atravesaron el espacio.
—Qué bueno está este bistec. La percepción de Samuel se extinguió.




