No tan feliz cumpleaños

CARLOS HORNELAS

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Hace exactamente un año, Donald Trump regresó a la Casa Blanca a su segundo mandato. Sí, hace apenas un año. Con todo lo que ha pasado, pareciera que nunca se fue. ¿Qué balance podemos hacer de lo que hasta ahora ha ocurrido?

Esta segunda parte de la presidencia de Trump se orienta no solo a gobernar con su estilo personal, sino a redefinir distintos puntos cardinales de la política. No solamente está extendiendo su esfera de influencia, sino que está reescribiendo los límites de su poder, tanto en su gestión presidencial como en su versión personal.

Trump quiere tentar los límites de su poder. No solamente en su carácter de presidente, al asediar a los otros poderes de la Unión, sino tratando de redibujar la influencia de Estados Unidos a nivel mundial. El equilibrio de poderes a nivel planetario resiente, como eco, cada decisión del mandatario con recelo y cautela.

En los asuntos domésticos, ha emprendido una cruzada en contra de lo que llama “ideología woke” y de quienes califica como sus promotores. Ha prohibido o cancelado programas que atendían a la pluralidad cultural y de inclusión de minorías en universidades o centros de asistencia social, así como también a aquellos que daban cuenta de la diversidad en cualesquiera de sus manifestaciones. Y ha perseguido a quienes señala como sus incitadores y enemigos de la cultura: los profesores universitarios. Esto ha llevado a la censura en temas educativos, recortes para la educación y cultura, el retiro de fondos a universidades y centros de investigación, y un ambiente de “cacería de brujas” similar al macarthismo de los años cincuenta.

Ha arremetido en contra de medios de comunicación en general y a las grandes tecnológicas que sostienen plataformas de redes sociales,   a las que ha fincado acusaciones de monopolio, censura y hasta de traición. Esto ha socavado la débil estructura del intercambio libre de información y ha dado paso al establecimiento pleno de la propaganda y la posverdad. Ha perseguido a periodistas, reporteros y les ha negado acceso a conferencias de prensa o a información gubernamental. Ha polarizado a la sociedad a través de la insidia, la calumnia y la manipulación.

Su xenofobia configura la política migratoria que inició con el recorte a las llamadas “ciudades santuario” que se resistieron a sus órdenes ejecutivas de exclusión a los migrantes. Al elevar la migración a una preocupación por la seguridad nacional, movilizó tropas a ciudades santuario para reprimir a manifestantes, incluso dentro de instalaciones universitarias. Redistribuyó efectivos hacia la frontera sur en un amague a México.

 Con el pretexto de la frágil seguridad interna, ha facultado al ICE (Servicio de Inmigración y control de aduanas) a llevar a cabo detenciones masivas con una agresividad nunca vista, llegando a extremos en los cuales han extraído a personas de iglesias durante actos de culto o a estudiantes en los salones de clase. Ha criminalizado la migración y usado medidas de apremio desproporcionadas, como separar infantes de sus familias o deportar a quienes no hablan inglés. Ha llegado al extremo de proponer la eliminación de la ciudadanía por derecho de nacimiento para evitar que los hijos de migrantes indocumentados  puedan tener este reconocimiento plasmado en la Constitución.

En su lógica mesiánica, Trump se autodefine como un prócer de la justicia y, para la complacencia de los conspiranoicos, ha emprendido acciones decididas en contra de lo que llama “Estado profundo”. Esto le ha servido de coartada para deshacerse de  funcionarios que no comulgan con sus ideas, así como abrir investigaciones y asediar a sus adversarios con toda la fuerza del Estado.

 Y solamente ha pasado un año. En otro espacio, abordaremos los ecos de sus acciones a nivel internacional.