Sofía Morán
Este 11 de febrero, mientras conmemoramos el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, las redes sociales se llenan de rostros inspiradores: ingenieras, matemáticas, astrónomas, biólogas. Son referentes necesarios, sin duda, pero este día es también una oportunidad para mirar más allá de los doctorados y los reconocimientos institucionales, y reconocer que la ciencia ocurre en muchos espacios donde las mujeres transforman realidades; a menudo sin títulos formales, pero con un conocimiento profundo que brota de la experiencia comunitaria y la observación atenta del territorio.
La ONU nos invita este año a pensar en cómo la inteligencia artificial, las ciencias sociales, las disciplinas Stem (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y el sistema financiero pueden converger para construir un futuro inclusivo. Esta visión ampliada es crucial, porque la ciencia que necesitamos para enfrentar desafíos como la crisis climática o la desigualdad social no vive únicamente en laboratorios sofisticados, sino también en las prácticas de agricultoras que conocen los ciclos del suelo, en las técnicas de artesanas que trabajan materiales sostenibles y en las estrategias de mujeres que lideran la gestión comunitaria del agua. Como bien señala la reflexión de mi amiga Estefanía, cuando limitamos la categoría de “científica” a ciertos perfiles académicos, reproducimos desigualdades y perdemos la riqueza de saberes que se construyen desde lo local y lo cotidiano.
Por eso el enfoque Steam, que integra las Artes a las disciplinas científicas y técnicas, resulta tan transformador. Porque reconoce que la creatividad, la sensibilidad y la capacidad de comunicar son tan importantes como resolver ecuaciones.
El verdadero desafío no es solo que más niñas se interesen por la ciencia, sino que encuentren en ella un espacio libre de violencias simbólicas y estructurales. Un espacio donde no tengan que elegir entre ser brillantes o ser aceptadas, donde sus contribuciones sean valoradas sin condicionarlas a cumplir estándares masculinizados de éxito y donde puedan equivocarse sin que su error se atribuya a su género. Y esto requiere ir más allá de las efemérides y construir políticas concretas, desde programas de mentoría que acompañen sus trayectorias hasta la creación de fondos específicos para investigaciones lideradas por mujeres, pasando por la transformación de los planes de estudio para incluir referentes femeninos diversos.
Honrar este día significa trabajar por una ciencia que no solo incluya a mujeres, sino que valore los distintos tipos de conocimiento que ellas aportan desde diferentes contextos sociales, culturales y económicos.
Que este 11 de febrero nos encuentre no solo admirando a las científicas que llegaron a la cima, sino tendiendo puentes para que más niñas y mujeres, desde todos los rincones de Yucatán y México, puedan imaginar su lugar en la construcción del conocimiento.




