Aplausos para los valientes

Jhonny Eyder Euán
jhonny_ee@hotmail.com

Hoy es un día para celebrar. No es ningún cumpleaños ni nuestro equipo favorito de fútbol ganó el campeonato. Es un día como cualquiera, pero hay un motivo muy especial para festejar, al menos en casa de mi amigo, donde todos recibimos con abrazos y palabras de orgullo y admiración al buen Pepe.

Me siento muy feliz por él. Hoy cumple un año sin tomar ni una sola gota de alcohol. Hasta tengo deseos de llorar cuando dimensiono su hazaña, ¿pueden creerlo? ¡Un año!, más de 300 días alejado de ese vicio del demonio que casi le arrebata la razón.

Se acabó su sufrimiento y a nosotros—sus amigos—nos da un enorme gusto que siga aquí, riendo y tirando bromas como todo un comediante. Ha vuelto su semblante alegre y esas ganas de vivir que por mucho tiempo estuvieron ausentes.

Recordar al antiguo Pepe es sentir mucha pena. No sé quién le enseñó, o le dijo, que es normal y hasta necesario beber alcohol todos los días cuando regresas a casa después del trabajo y antes de dormir. Debió decírselo alguien cuya inteligencia es igual a un cacahuate.

Así fue como Pepe comenzó con ese mal hábito. Su consumo dejó de ser exclusivo para fiestas o celebraciones importantes. En poco tiempo se volvió una costumbre absurda tomar dos o tres cervezas a diario. Lo peor es que le exigía a su esposa tener listas las caguamas para cuando él llegase a la casa.

Pepe perdió el control. Se le dejó de ver estable, a tal grado que las personas cercanas a él ya no podían diferenciar cuando estaba alcoholizado o sobrio. Se volvió muy conflictivo y su esposa, la única persona que lo aguantaba y le cumplía sus caprichos de borracho, lo abandonó cuando recibió cinco cachetadas y un jalón de pelos por no cumplir con la compra obligada de todos los días.

Poco tiempo después perdió el empleo. Lo despidieron por presentarse en estado alcohólico. Para variar, empeñó muchas pertenencias y todo para abastecerse de botellas de ese líquido que ya dominaba su mente.

Pepe se sumergió en lo más hondo de la mierda. Así puedo describir lo que pasó. Un día otro amigo y yo lo encontramos en la calle, cubierto de tierra en todo el cuerpo y con un hedor insoportable. Fui yo quien reconoció su gruesa voz y esos ojos negros rodeados de cejas tupidas.

Le hablé, pero Pepe parecía no recodar nada del pasado. No se parecía en nada a aquel muchacho que fue uno de mis mejores amigos en la universidad y con quien comencé a trabajar en los aeropuertos. Tampoco se veía como ese profesional que logró ascender muy rápido y que me ayudó a conseguir un mejor empleo en otro lugar.

Ese día no me fui sin él. Ya no tenía familia, pero sí muchos amigos, como yo, que lo ayudamos a salir del hoyo en el que se metió. Tuvimos que casi obligarlo para atenderse y pasar tiempo en un centro de rehabilitación.

Afortunadamente, Pepe logró salir adelante. Hace unos meses terminó su rehabilitación y hoy cumple año de una nueva vida. Se le olvidó por completo su logro, por eso se sorprendió cuando abrió la puerta y nos vio a todos aquí.

Caen lágrimas de sus ojos y es normal, no es cualquier cosa lo que ha hecho. Cuando se cumple una meta personal de esta magnitud, solo queda ponerse de pie y aplaudirle al valiente que no se dejó morir.