La educación en la época del presidente Lázaro Cárdenas era una educación socialista. Cantábamos la Internacional Socialista, que es el himno comunista de los trabajadores; y también cantábamos el Himno Agrario.
En la escuela primaria, los alumnos de la avanzada, tal vez cuarto, quinto y sexto, cultivaban eras de hortalizas en los patios de la escuela.
Esa era una política de Cárdenas: que se utilizaran los patios para cultivar cosas comestibles. Y olía muy bonito, me acuerdo del olor de la lechuga, que como siempre andaba yo con hambre y veía las lechugas allá, el olor me daba ganas de arrancarlas y comérmelas.
Creo que lo que se cultivaba se lo daban a los niños de esa edad, a los que ya participaban en el cultivo de esas hortalizas, cultivaban rábanos, lechuga… todo tipo de hortalizas.
Cuando ya yo llegué a cuarto, ya había dejado de funcionar ese programa, entonces ya no me tocó. Cuando terminé el segundo de Primaria, me ensañaron a leer y escribir, con un libro famoso, el libro Kitty.
Había un pollito…me acuerdo, con láminas grandes, que las daba el gobierno; el libro comenzaba con varios cuadritos de una historia, y cada cuadrito la maestra lo tenía en grande; había una historia de un pollito que empezaba diciendo…”se le cayó una hoja en la cola”, y corría a su mamá diciendo que el cielo se estaba cayendo, y ahí se desarrolla toda una historia. Estaba interesante, y con esos nos enseñaron a leer y escribir.
También recuerdo que nos ensañaron algo de geografía, qué era una isla, qué era un golfo. Son las cosas que me acuerdo. Pero cuando terminó segundo de primaria corría la voz allá de que la maestra de tercer año de nuestra escuela, la Vicente María Velázquez, era una maestra mala, pero que la maestra de tercer año de la escuela Rita Cetina Gutiérrez era buena; mi íntimo amigo, Emilio Ruíz Leal –éramos amigos desde antes de la escuela; las familias tenían amistad y nos hicimos amigos desde que éramos chiquitos- y yo dijimos ‘pues nos cambiamos a la Rita Cetina’. Y nos cambiamos.
Cuando empezó tercer año, caminamos a la Rita Cetina, que estaba también sobre la 64, ya pasando el parque de San Juan más hacia el norte, donde estuvo el teatro de Cholo, antes de llegar a la 65. ‘Venimos a inscribirnos’, dijimos. Solos fuimos, ‘venimos a inscribirnos’. Llevamos nuestras calificaciones, tomaron nuestros datos y nos inscribieron, nadie nos llevó ni nos pidieron que fuera nadie con nosotros. Terminamos el tercero allá, y al terminar dijimos ‘la maestra de cuarto y quinto es mala, dicen’. Pero Finita, que era la maestra del cuarto año de la Vicente María Velázquez, decían que eran buena, entonces dijimos ‘vamos otra vez a la Vicente’.
Pues vamos; regresamos allá. ‘Venimos a inscribirnos’, nos inscribieron. Solos. Y cuando terminamos el quinto año, ‘el maestro de acá dicen que es horrible, no sabe enseñar, pero la de la Rita Cetina sí es buena’, ‘pues vamos a la Rita otra vez’.
Llegamos a la Rita Cetina; ‘no, pues no les podemos inscribir porque ya no hay mesabancos. Sólo hay una mesa que no tiene banco. Si ustedes traen sus sillas, los podemos inscribir’. ‘Bueno, está bien, las vamos a traer’. Entonces, pues robamos una silla, cada quien, de la sala de su casa, de las cuatro sillas que había en la casa de cada uno; supongo que eran cuatro nomás porque la pobreza era grande. Pues nos robamos la silla, caminamos desde las casas hasta la Rita Cetina cargando nuestra silla.
Llegamos y dijimos ‘aquí está nuestra silla’, ‘bueno, pues les vamos a inscribir’. Y nos inscribieron. Cosas que ya no se dan ahora.
Joaquín de la Rosa Espadas
Licenciado en Artes Visuales, escritor y artista.




