SOFÍA MORÁN
El pasado 26 de enero, mientras conmemoramos el Día Mundial de la Educación Ambiental, reflexioné sobre lo que realmente significa democratizar el conocimiento científico. No es solo transmitir información, sino construir puentes entre lo académico y lo cotidiano, entre los datos complejos y las realidades que vivimos en Yucatán. En Va por la Tierra hemos aprendido que educar ambientalmente no es dar conferencias magistrales, sino “traducir” la ciencia climática a un lenguaje que todas las personas puedan comprender y utilizar para nombrar lo que ya observan en su entorno.
Recuerdo una feria de agua y naturaleza en una escuela primaria, donde infancias de todos los años aprendían sobre los cenotes y energías limpias. O aquel taller Steam por la Tierra donde adolescentes diseñaron soluciones para resolver problemáticas reales de su comunidad. En esos momentos, el conocimiento deja de ser un privilegio académico para convertirse en una herramienta de empoderamiento comunitario.
La educación ambiental, cuando es efectiva, opera en tres niveles simultáneos, nos ayuda a comprender los fenómenos que observamos, nos da el vocabulario para nombrarlos y, lo más importante, nos muestra cómo nuestras acciones individuales y colectivas pueden transformar realidades. Cuando un niño aprende que el suelo kárstico de Yucatán es como una esponja que todo lo filtra, entiende por qué no debe tirar aceite en el drenaje. Cuando una joven estudia los ecosistemas, comprende por qué proteger los manglares no es solo “cuidar la naturaleza”, sino garantizar seguridad alimentaria para su comunidad.
Esta labor de “traducción” científica es especialmente crucial en comunidades históricamente vulneradas, donde el acceso a información veraz y accesible puede marcar la diferencia entre la resignación y la acción organizada. Nuestras campañas como #Vaporelagua, las Jornadas por la Tierra o Las Breves por la Tierra buscan precisamente eso, hacer que la ciencia climática deje de ser un lujo intelectual para convertirse en patrimonio colectivo.
Hoy tengo el honor de compartir una noticia que simboliza este compromiso con la educación ambiental, se firma el convenio entre Va por la Tierra y la Universidad Politécnica de Yucatán para abrir un nodo universitario integrado por estudiantes talentosos que llevarán nuestra misión a sus aulas y comunidades. Estos jóvenes no serán simples receptores de información, sino multiplicadores de conocimiento, diseñadores de campañas y constructores de soluciones desde sus disciplinas. A ellos, mi reconocimiento más sincero, están demostrando que la sustentabilidad no es una materia aparte, sino un enfoque transversal que debe impregnar todas las profesiones.
En un mundo donde la crisis climática se siente cada vez más cercana, la verdadera educación ambiental no termina con una charla o un taller; es un proceso continuo que exige capacitación permanente y adaptación constante.
¡Muchas felicidades al Nodo UPY de Va por la tierra!




