Joaquín de la Rosa Espadas
Nací con una cabeza prominente, desproporcionada, casi el triple de grande que la de cualquier recién nacido. Mi cabeza no dejaría de crecer durante un buen tiempo, como si en su interior se estuviera gestando algo que aún no comprendía.
Mi cuerpo, en cambio, era pequeño, enjuto, frágil como una rama seca. Pasé mi infancia y buena parte de la adolescencia confinado a una silla de ruedas. Supongo que no hace falta decir que era débil, aunque quizá sí: era débil de una manera que no admite consuelo, demasiado débil incluso para sostener mi propio peso. La enorme cabeza se convertía en una carga constante, un yunque atado a mis hombros.
A veces intentaba caminar. Me aferraba a los muebles, a las paredes, a manos ajenas que temblaban tanto como las mías. Lograba avanzar algunos pasos, raramente más de metro y medio, antes de sentir cómo el mundo comenzaba a inclinarse. Detrás de mí siempre había voces alertando: “cuidado”, “no pises eso”, “despacio”. Bastaba una piedrecilla, una grieta en el suelo, un leve desnivel para que perdiera el equilibrio y cayera como un árbol talado.
Cada caída dejaba moretones en el cuerpo y una marca más profunda en el espíritu.
Vivía resignado. Pensaba que ese sería mi destino: observar la vida desde abajo, desde un ángulo torcido, condenado a depender de otros.
Entonces llegó la pubertad. O quizá debería decir que llegó algo más.
Mi cuerpo empezó a cambiar. No de la forma armoniosa que veía en los demás, sino como si dos fuerzas opuestas lucharan dentro de mí. La delgadez persistía, pero una energía nueva comenzó a recorrer mis músculos. Sentía un vigor creciente, extraño, casi doloroso.
Podía sostenerme en pie por más tiempo. Podía dar pasos más largos. Podía cargar objetos que antes ni siquiera podía levantar. Después comprendí que todo formaba parte de un mismo proceso.
Una tarde, al mirarme en un espejo, la revelación me golpeó con la fuerza de un trueno. Mi silueta ya no era la de un inválido, ni la de un adolescente torcido por la enfermedad. Mi figura se alargaba, se expandía, reclamaba espacio. Mis brazos parecían columnas. Mis piernas, pilares. Lo entendí entonces. Todo ese tiempo no había sido un error de la naturaleza. No había sido un monstruo. Había sido un gigante esperando crecer.




