Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, año 2055

Joaquín de la Rosa Espadas

Hasta hoy, lo ocurrido en el MoMA aquel 10 de abril de 2055 marca un antes y un después en nuestra forma de aproximarnos a la inteligencia artificial. Apenas conocí al artista visual Jacques Landa. Murió cuando yo era niño y solo lo vi en un par de ocasiones. No recuerdo su voz ni sus gestos; su silueta pertenece a ese tipo de memorias difusas que fácilmente podrían corresponder a otra persona.

Sin embargo, recuerdo con absoluta precisión la inauguración de su pieza cumbre: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. La obra se basaba, por supuesto, en la minificción homónima de Monterroso, ese cuento de siete palabras que se volvió canon de la literatura universal.

Me es fácil evocar ese día porque aún puedo saborear el helado de vainilla con chispas de chocolate que me compró mi papá: el famoso Agustín Sinclair, legendario curador del MoMA, recordado como uno de los intelectuales más agudos del arte contemporáneo.

Cuando llegamos, una fila interminable se extendía frente al museo. Todos esperaban presenciar la inauguración del siglo. La pieza consistía en un escenario virtual generado por inteligencia artificial que recreaba el pasado con precisión absoluta. Al entrar, uno observaba la vida de un dinosaurio durante la era Cretácica. La mayoría esperaba encontrarse con un T. rex o un velocirráptor, influenciados por el cine estadounidense. Pero no. Dentro de una cueva dormía un dinosaurio joven, cuadrúpedo, con pulgares en las patas delanteras, cubierto de escamas verdes y azules.

Su cabeza se parecía a la de una salamandra y de ella brotaban mechones dispersos de cabello blanco. La obra fue inmediatamente controvertida. Científicos la calificaron de “vendehumo”, como esas ferias ambulantes que prometen exhibir a la mujer lagarto. Jacques Landa, sin embargo, aseguraba que la IA había abierto una ventana real al pasado: aquel dinosaurio, decía, estaba vivo en nuestro tiempo histórico.

Quizá más polémicas aún fueron sus declaraciones posteriores. Landa afirmó que lo importante de su pieza era que los espectadores habíamos contemplado al eslabón perdido entre los dinosaurios y los homínidos, argumento sustentado en la presencia de aquellos pulgares.

El dinosaurio pasaba la mayor parte del tiempo en su cueva. Cuando salía, nosotros no podíamos ver hacia dónde iba ni cómo cazaba. A veces regresaba con presas; otras, con plantas, hasta que un día desapareció, abandonó la cueva después de mirar a su público.

Cumplida una semana de su ausencia, apareció una cueva en la Patagonia argentina. A los restos fósiles hallados —fragmentados y casi destruidos— se les practicó una prueba de carbono-14. Los resultados los situaron inequívocamente en la era Cretácica.

Es curioso cómo funciona la mente. Yo tendría unos cinco y conservo el recuerdo con tanta nitidez gracias al helado. Ahora cuando me compro un helado de vainilla, mi memoria regresa a la mano de mi padre sosteniendo la mía, al murmullo del museo, a la luz azulada de la cueva virtual.

El dinosaurio todavía está allí. Y entonces despierto de ese sueño en vigilia de aquel día del 2055.