Salvador Castell-González
El domingo, mientras se desmontaban los últimos pabellones en Belém do Pará, el aire húmedo del Amazonas cargaba con una verdad incómoda: la COP30 no fue un solo evento, fueron dos realidades paralelas colisionando. En los pasillos de la Zona Azul, vimos la coreografía del cinismo; en las calles de la Cumbre de los Pueblos, presenciamos la arquitectura de la supervivencia.
El resultado diplomático es innegable, aunque la etiqueta de “fracaso” dependa de a quién se pregunte. Estados Unidos, China y el bloque de Oriente Medio mostraron una hostilidad activa hacia la única negociación que importa: el fin de los fósiles. Mientras la ciencia gritaba “urgencia”, estas potencias jugaron al escondite geopolítico, diluyendo el lenguaje del abandono de los combustibles fósiles hasta volverlo irrelevante. Su negativa es una abdicación de liderazgo que la historia juzgará con severidad.
Pero lo más doloroso no fue solo el bloqueo energético, sino el retroceso democrático. Hace apenas un año, en la COP16 de Cali, celebrábamos la creación de un órgano subsidiario permanente para los pueblos indígenas, reconociendo su autoridad en la biodiversidad. En Belém, esa silla fue retirada. En una ironía cruel, la cumbre realizada en el corazón del Amazonas cerró las puertas de la negociación oficial a las etnias que mantienen la selva en pie, relegándolas nuevamente a eventos paralelos. No fue un olvido; fue un portazo a la legitimidad ganada en 2024.
Sin embargo, al cruzar hacia la Cumbre de los Pueblos, la narrativa cambiaba. Si la oficialidad buscaba compensar daños futuros mediante mercados de carbono, la sociedad civil articulaba la “Economía de la Vida” para detener la destrucción presente. Mientras los diplomáticos debatían plazos, las comunidades firmaban alianzas de protección territorial inmediata, entendiendo que la mejor tecnología no es una máquina de captura de CO2, sino el bosque gestionado por sus guardianes.
Aquí radica el cierre de nuestro arco emocional. La parálisis de los gigantes y su exclusión sistemática no detuvieron el mundo; lo descentralizaron. La COP30 nos deja una lección de oro: la solución no vendrá de un consenso global que excluye a los protagonistas, sino de la suma de acciones locales que ya son imparables.
La COP30 ya es historia. Nos vamos con un acuerdo oficial débil y excluyente, pero con una alianza social de acero. Los imperios callaron y cerraron puertas, pero la selva habló. El futuro no se ha cancelado, simplemente ha cambiado de manos; ahora se construye desde la ciudadanía, sus acciones y sus comunidades. Es la ironía final de Belém: cerraron la puerta a quienes tienen la llave del futuro, sin entender que, al hacerlo, se quedaron encerrados a solas con su propio pasado. Un presente que no puede continuar.




