SOFÍA MORÁN
Ayer, mientras el mundo conmemoró el Día Mundial de la Vida Silvestre, una fecha que nos recuerda la urgencia de proteger la biodiversidad que sostiene la vida en el planeta, también se cumplieron 10 años de la siembra de Berta Cáceres. Y digo siembra, no muerte, porque las defensoras de la talla de Berta no mueren, se multiplican, florecen en cada territorio defendido, en cada río protegido y en cada joven que toma su legado como brújula.
Berta, lideresa indígena lenca y cofundadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh), dio su vida por defender el río Gualcarque frente al proyecto hidroeléctrico Agua Zarca. En 2015 recibió el Premio Goldman, el reconocimiento ambiental más importante del mundo, por su valentía incalculable. Un año después, el 3 de marzo de 2016, fue asesinada por órdenes del poder económico que no toleró que una mujer indígena defendiera su territorio. En la actualidad, el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, con respaldo de la Cidh, ha confirmado que su crimen no fue un hecho aislado, sino parte de una operación criminal con complicidad estatal y empresarial, previsible y prevenible.
Para mí, Berta no es solo una figura histórica, es una inspiración profunda. Su frase resuena en mí: “Vos tenés la bala, yo la palabra. La bala muere al detonarse, la palabra vive al replicarse”. Eso es exactamente lo que ocurre 10 años después, la bala que silenció su cuerpo no pudo callar su palabra, y hoy esa palabra se replica en millones de voces que defienden sus territorios, que alzan la voz contra el extractivismo y que exigen justicia climática con perspectiva de género.
En las redes sociales del Copinh, estos días se publican homenajes, actividades conmemorativas y exigencias de justicia. Porque a 10 años, la lucha sigue, exigen la captura y enjuiciamiento de los máximos responsables, y denuncian el rol de los bancos internacionales que financiaron el proyecto. Es una lucha que trasciende Honduras, que nos interpela a todas y todos los que creemos que otro mundo es posible.
Berta Cáceres me enseñó que defender la vida no es un acto de heroísmo individual, sino de amor colectivo. Que las mujeres defensoras ambientales enfrentamos riesgos específicos por ser mujeres, por ser indígenas, por atrevernos a ocupar espacios de poder y decisión. Pero también me enseñó que la esperanza se construye colectivamente, que la organización comunitaria es más fuerte que cualquier proyecto extractivista y que la palabra replicada es indestructible.
Su legado nos convoca a la unidad, a seguir luchando con alegría y valentía, a no rendirnos frente a las estructuras de poder que intentan silenciarnos. Porque como ella decía, “la palabra vive al replicarse”. Y mientras sigamos replicándola, Berta seguirá floreciendo en millones.



