Consciencia

Mario Barghomz

mbarghomz2012@hotmail.com

Platón ubicó el alma en la mente, en lo que piensa y es “intelectivo”, que conoce y sabe la verdad. Luego Descartes (s. XVII), le atribuyó a la mente lo que piensa; la consciencia de existir. Desde entonces, tanto para la filosofía como para la ciencia; la consciencia es racional, y por tal, se ubica en el cerebro, concretamente en la parte prefrontal del encéfalo.

Sobra decir que para estar conscientes hay que estar necesariamente despiertos, no drogados, dormidos o anestesiados. Además, que todo proceso de consciencia tiene que ver con la reflexión (con la duda como decía Descartes) y el darnos cuenta.

En sus prácticas de psicoanálisis Sigmund Freud interpretó la consciencia como la memoria activa de un paciente. Es decir; todo aquello que su hipocampo (área central de la memoria en nuestro cerebro) le permitía recordar. Lo inconsciente era lo que no recordaba; el trauma o bloqueo que le impedía a la consciencia estar presente.

Ahora Antonio Damasio, máxima autoridad neurocientífica, en su último libro (“Inteligencia natural y la lógica de la consciencia”; 12 nov. 2025. Edit. Destino) advierte y se arriesga a cambiar el paradigma (si es que lo era) que aún sostiene que la consciencia se encuentra en la mente, en los procesos mentales que nuestro pensamiento elabora. La consciencia no está en la mente -dice, sino en el cuerpo. Concretamente en los sentimientos homeostáticos y no emocionales que nos permiten darnos cuenta de lo que nos pasa y cómo nos pasa, de lo que ocurre en nuestro sistema fisiológico (el cuerpo)

Damasio revisa de nuevo el tema para darnos un panorama más amplio y vincular nuestro estado de consciencia a los sentimientos. Concretamente al sentimiento homeostático que se encarga de vigilar la supervivencia y balance de nuestra vida. Son los sentimientos (el hambre, la sed, el sueño, el dolor…) los que se comunican regularmente con el cerebro para informar sobre su malestar o bienestar, dolor, necesidad o ansiedad. Y no al revés. Para Damasio no es la mente la que nos permite tener consciencia de lo que nos pasa, sino los sentimientos homeostáticos. Sobre este asunto sabemos hoy que la comunicación entre cerebro y cuerpo a través del sistema nervioso autónomo y la esencial tarea del nervio vago, cumple una función del 80 por ciento que realiza el cuerpo, y solo el 20 que lleva a cabo el cerebro. Por mucho tiempo lo supusimos al revés, dándole una mayor supremacía al cerebro en su tarea de relación y comunicación.

La “interocepción” de la que habla Damasio y que se refiere a la capacidad del cerebro para percibir lo que pasa en el cuerpo, concretamente en el área de la “ínsula cerebral” que capta nuestra respiración, latidos del corazón, proceso intestinal, flujo sanguíneo y sistema inmunológico. Lo que ocurra: hambre, sed, náuseas, dolor interno, tensión muscular, temperatura corporal, será captado a través de la ínsula por nuestro cerebro. Son cosas que sabemos; le ocurren a nuestro cuerpo, aunque se piensan y se determinan luego desde nuestro cerebro.

Se trata de una “consciencia sintiente” -dice Damasio. De la consciencia que primero ocurre específicamente en el cuerpo para trasladarse de ahí al cerebro. Esta consciencia es la que cotidianamente nos permite vivir, advirtiéndonos o comunicándonos el estado de satisfacción, bienestar o malestar de nuestro cuerpo. Una consciencia que avisa y se mantiene regularmente y de manera natural en contacto a través de su estado “sintiente” (que siente) con nuestro sistema nervioso central, desde donde luego tomaremos decisiones.

Pero nos queda pendiente luego revisar la “conciencia” (no la consciencia) de nuestra actitud, manera se ser y actuar; la que se mezcla con el factor moral y ético de nuestro ser y hacer en la vida.