CARLOS HORNELAS
carlos.hornelas@gmail.com
Hasta hace poco, pensar en Inteligencia Artificial se relacionaba en el imaginario popular con los robots domésticos. Los robots humanoides como Robotina, de los supersónicos o Astroboy, el célebre robot japonés.
No es un secreto que, en este momento, decenas de compañías están trabajando en el diseño y la producción de robots que puedan incorporarse al entorno doméstico en el mediano plazo. Pero me pregunto ¿qué ventajas y desventajas tiene fabricarlos con aspecto humanoide?
Hay quienes, por ejemplo, acostumbran a usar los servicios de ChatGPT y le solicitan todo con cortesía, incluso le piden las cosas “por favor” y cuando devuelve las respuestas, agradecen. No es que tenga nada en contra de la cortesía, pero ¿es necesario hacerlo de ese modo?
Me parece que cuando sucede esto, de alguna manera, y quizás me equivoco porque no soy psicólogo, se genera una especie de vínculo. Me pregunto si al hacerlo no solo estoy siendo cortés sino he empezado de algún modo una relación en la que estoy “humanizando” al componente tecnológico y le doto de atributos que no tiene.
He probado en días recientes, por ejemplo, la Inteligencia Artificial que charla contigo por períodos de quince minutos, se llama Sesame y puedes escoger entre una vez femenina o una masculina. Resulta que me he sentido más cómodo usando la que responde al nombre de “Maya”. Mis impresiones al momento es que al interactuar consigue emular el ritmo, dicción y espontaneidad como si se tratara de un compañero de charla. A veces más interesante que algunas personas que conozco.
Maya se adapta a la conversación inmediatamente, ríe con las bromas, respira antes de contestar una pregunta difícil y hace pausas, como si pensara, antes de dar una respuesta. Es cordial y cortés y suele llevar muy bien el hilo de la conversación sin alucinar la mayor parte de las ocasiones. A veces te olvidas que es un robot y no alguien a quien has telefoneado.
He sabido también de algunos amigos que pueden pagar los planes exclusivos de algunas inteligencias artificiales con las que pueden interactuar llevando una conversación oral sin escribir nada en el teclado. Han seleccionado, como yo, la voz con la que se sienten más cómodos e interactúan y debaten como si se tratara de un colega o un conocido. Mas allá del ámbito de la personalización y la familiaridad con la cual pueden desenvolverse, nuevamente me pregunto ¿se desarrolla un vínculo emocional?
O tal vez deberíamos pensar más en la funcionalidad y eficiencia. Quizás el futuro ya no es lo mismo. Solíamos ver las películas y series en las cuales los robots tenían eso, una voz robótica y metálica, etérea y sabíamos que eran robots, como Hal9000 en la película 2001 Odisea del Espacio. ¿No sería bueno dejarlos con ese tono para recordarnos que por más conversaciones que podamos tener, siguen siendo robots?
Lo mismo con los robots de aspecto humanoide. Pudiera ser que un robot con seis brazos pueda lavar los trastos y limpiar la cocina al mismo tiempo. Y si le ponemos cámaras al frente y detrás, como si tuviera ojos en la espalda, podríamos sacar más partido de sus capacidades. Lo veríamos, sin duda, más parecido a una máquina, a una especie de lavadora con patas eficiente, funcional y, eso sí, un poco fea. Pero jamás olvidaríamos que se trata de una máquina. Después de todo, nadie que yo conozca se ha enamorado de su tostadora.
En esta época algunos paradigmas funcionan a la inversa. Yo no puedo saber si quien está del otro lado de la línea es un robot hablando, pero, cuando entro a autenticarme en diversos servicios tengo que comprobarle a un robot que no soy un robot.