Cuerpo y mente

Mario Barghomz

mbarghomz2012@hotmail.com

La bioquímica de nuestro cuerpo tiene por naturaleza un propósito fundamental, mantenernos vivos y mantenerse viva a sí misma dentro del cuerpo que habita. Nuestro cuerpo es un cuerpo organizado, atento y al cuidado de sí mismo. Puede parecer egoísta, pero es un ejemplo de atención propia previniendo contingencias. Y cuando estas surgen activa toda su maquinaria posible (biológica y química) para afrontarlas. Desde su cerebro modela estrategias y planes de ataque, permanencia y defensa.

Nuestra biología molecular, alimentada por la energía cuántica de sus propias células, sin que nosotros incidamos de manera consciente en su función orgánica, nos permite, desde que nacemos, mantener un ritmo (biorritmo) y un propósito de vida. Este propósito (el que sea) estará siempre vinculado de manera objetiva (consciente) al mundo subjetivo de nuestro ecosistema orgánico. Regularmente el cuerpo sabe qué hacer, y recurriendo a su homeostasis (balance), a la hora de corregir y autocorregirse en todo aquello que podría desbalancearlo. Desde el territorio central de su sistema nervioso puede fabricar hormonas y neurotransmisores que regulan, luchan o nos permite escapar de un posible enemigo en una situación de riesgo. Así como también puede activar su sistema nervioso simpático (SNS) en momentos de verdadera crisis que luego, y pasado el peligro o la contingencia, regulará nuevamente el parasimpático para volver a la calma.

Asimismo, tanto el cerebro como nuestro estómago saben que deben descansar de noche. El estómago se ralentiza (será más lento) entre un 50 y un 80 por ciento, mientras el cerebro hará su labor nocturna de autolimpieza. Los dos con el propósito de recuperar toda su energía para el día siguiente y obedeciendo la propia naturaleza de su “ritmo circadiano”.

Sabemos también que por sí mismos y el origen de su naturaleza, nuestros “fagocitos” (glóbulos blancos), además de eliminar nuestros desechos celulares, actúan como defensa del sistema inmunológico destruyendo hongos, parásitos y bacterias, además de prevenirnos de infecciones. Todo ello sin que se los demandemos o les supliquemos ayuda, ya que, como digo, es una tarea propia y natural del cuerpo y nuestro cerebro para la preservación y su propia tarea de vida. Naturalmente y fuera de su “interocepción” (comunicación) que le permite buscar su equilibrio, recurrirá a ponernos en aviso si las cosas dentro de su jurisdicción biomolecular se salen de control. Sus recursos serán el dolor, las náuseas, el mareo, la infección o el malestar general. Cuando ello ocurra será nuestra mente quien se encargue, disponiendo tiempo y atención para corregir y atender el daño. Será entonces nuestro cerebro con su inteligencia natural el que intervenga para que nuestro organismo se reponga. Nuestro sistema nervioso (central y periférico) cuentan asimismo con una red maestra de atención y apoyo. De tal manera que en su comunicación mente-cuerpo, deberá quedar claro lo que le sucede a nuestro organismo y qué deberemos hacer al respecto, desde acudir al médico para obtener un diagnóstico, tomar medicamento para el caso, mantenernos en descanso o prevenir complicaciones.

Nadie más puede saber qué le pasa más que nuestro cuerpo mismo y nuestra mente que se relaciona. La intervención del recurso sanitario en su lectura y conocimiento del daño, asumirá sanar y desbloquear lo que de manera natural ya no pueden hacer nuestras propias células, como cuando son atacadas por un cáncer. Sin embargo, mantener a nuestro cuerpo alejado de este tipo de daños y, por ende, cultivar el buen funcionamiento de nuestro organismo; dependerá de nuestra propia inteligencia. De nuestra propia capacidad y voluntad preventiva. La tarea del cerebro es atender al cuerpo y atender la vida.