Día Internacional de los Derechos Humanos

Sofía Morán

Este 10 de diciembre conmemoramos el Día de los Derechos Humanos, fecha que recuerda la aprobación en 1948 de la Declaración Universal que proclamó por primera vez que todas las personas, sin distinción alguna, tenemos derechos inherentes e inalienables. Lo que a menudo olvidamos es que entre esos derechos fundamentales, establecidos en nuestro artículo 4° constitucional desde 1999, está el derecho a “un medio ambiente adecuado para el desarrollo y el bienestar”. No son conceptos separados: un entorno sano no es un lujo ecológico, sino la base material que hace posibles todos los demás derechos humanos.

La ONU nos recuerda que los derechos humanos son “esenciales” (aquello que compartimos más allá de nuestras diferencias) y “alcanzables” (que comienzan con las decisiones cotidianas). En un planeta donde la contaminación del aire causa millones de muertes anuales según la OMS, donde la deforestación avanza y donde los desastres climáticos desplazan comunidades enteras, el derecho a un ambiente sano se convierte en el cimiento sin el cual derechos como la salud, la vivienda digna o incluso la vida misma se ven sistemáticamente vulnerados.

En Yucatán, esta conexión es particularmente visible. Nuestro derecho al agua limpia depende directamente de la protección de los cenotes y del acuífero que alimenta a millones de personas. Nuestro derecho a la salud está ligado a la calidad del aire que respiramos en Mérida, cada vez más afectado por la contaminación. Nuestro derecho a un nivel de vida adecuado se vincula con la capacidad de los suelos para producir alimentos y con la resiliencia de nuestras costas frente a huracanes intensificados por el cambio climático.

La defensa del medio ambiente es, en esencia, la defensa de nuestros derechos humanos más básicos. Cuando las comunidades protegen sus manglares no solo están conservando ecosistemas, están garantizando su derecho a la seguridad alimentaria (pues los manglares son criaderos de peces) y a la protección física (pues estos bosques costeros amortiguan huracanes). Cuando los jóvenes exigen acciones climáticas, no solo hablan del futuro del planeta, sino de su derecho a un futuro viable donde puedan desarrollar sus proyectos de vida.

Sin embargo, este derecho constitucional sigue siendo frágil. La contaminación industrial que llega a nuestro acuífero, la basura que termina en nuestros mares, la pérdida de biodiversidad que debilita nuestros ecosistemas, son todas violaciones a ese derecho fundamental a un ambiente sano. Y como toda violación de derechos humanos, sus consecuencias no son iguales para todos, ya que afectan desproporcionadamente a quienes ya enfrentan condiciones de vulnerabilidad.

Este 10 de diciembre nos invita a recordar que los derechos humanos no son abstractos y se construyen diariamente a través de cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Porque en un mundo donde el aire está contaminado, el agua escasea y los ecosistemas colapsan, ningún derecho humano puede ejercerse plenamente.