Salvador Castell-González
Desde hace décadas, la narrativa global sobre la sostenibilidad financiera se ha centrado en el dióxido de carbono. Sin embargo, este debate nacido con los tratados de Kioto ha quedado obsoleto.
Los bonos de carbono nacieron como un mecanismo de compensación entre naciones; los países ricos financiaban a los pobres para conservar bosques y así “pagar” su deuda climática. Esa responsabilidad era de los Estados. Pero ante la insuficiencia presupuestal y el desinterés político, la carga se transfirió. Mediante un sutil Greenshifting, la culpa pasó a las empresas. Lo que era un tratado internacional se convirtió en estrategia corporativa para cumplir metas de “sostenibilidad”, obtener beneficios fiscales o navegar regulaciones.
Quiero ser muy claro: todos debemos buscar no solo la neutralidad, sino la regeneración. Pero fue un error omitir la responsabilidad original de los países, permitiendo que potencias como China o India operen con estándares laxos bajo el pretexto de ser países en desarrollo.
El mercado de Carbono ha resultado insuficiente y manipulable. El sistema actual sufre de errores estructurales de trazabilidad y confianza, evidenciados en la proliferación de “bonos fantasma” en bosques sin riesgo real, la doble contabilidad y el perverso greenwashing. Muchas empresas compran bonos como licencia para seguir contaminando sin cambiar sus procesos. La ecuación de “pagar por borrar la huella” se ha convertido en un acto de maquillaje.
El carbono es solo una parte de la historia. Un bosque no es un simple almacén de madera; es un sistema complejo y vivo. Aquí entran los Bonos de Biodiversidad. A diferencia del carbono, enfocado en una molécula, este bono valora la integridad del ecosistema: salud del suelo, pureza del agua y preservación de fauna. No se trata solo de que el árbol esté de pie, sino de que el jaguar camine entre ellos y las abejas polinicen.
Este es un avance crucial en cómo medimos el impacto real. Pronto, ya no será suficiente que empresas y gobiernos reporten árboles plantados; la nueva exigencia será demostrar una restauración ecosistémica detectada y tangible.
Esta tendencia ya es una realidad global. El Reino Unido ha implementado la “Ganancia Neta de Biodiversidad” (Biodiversity Net Gain), obligando a los desarrolladores a dejar el entorno natural en mejor estado del que lo encontraron. Australia está lanzando un mercado nacional de reparación de la naturaleza, y países como Colombia y Costa Rica exploran mecanismos similares para financiar la conservación de su riqueza natural.
México y nuestra región deben dar el paso. En Yucatán ya estamos explorando la implementación de estos bonos, levantando la mano para convertirnos en un referente de sustentabilidad y tecnología con propósito. El bono de carbono está muriendo para dar vida a algo mucho más grande: un modelo de valor ambiental basado en evidencia digital, trazabilidad absoluta y, sobre todo, en la vida misma.



