El inicio de la era de la supervivencia

Salvador Castell-González 

Cuando pienso en París no pienso en la Torre Eiffel, pienso en otra gran promesa sin cumplir. Si repasamos la historia, el cinismo es abrumador. En 1972, en Estocolmo, el mundo firmó su primer gran compromiso. Teníamos el diagnóstico y el tiempo; sobraron promesas y faltó voluntad política. Décadas más tarde, la diplomacia nos vendió una póliza de seguro vacía: el Acuerdo de París de 2015. Nos prometieron, entre aplausos y selfies de líderes mundiales, que mantendríamos el calentamiento “muy por debajo” de los 2 °C. Hoy, en pleno 2026, sabemos que esas firmas fueron solo tinta. Las metas no se están cumpliendo. Las emisiones no han caído y la transición energética avanza a paso de tortuga frente a una voracidad que exige energía para satisfacer necesidades reales y artificiales. Es ahí donde la industria fósil se presenta, cínicamente, como el héroe de emergencia.

Pero el golpe de gracia no vino de los negacionistas, sino de la ciencia oficial. El Consejo Asesor Científico Europeo (Esabcc) ha lanzado una recomendación que es, en los hechos, una declaración de rendición: pide a la Unión Europea diseñar políticas de adaptación para un escenario de 3 °C.

Debemos entender la gravedad de esta recomendación. Que la Unión Europea —vanguardia climática por años— empiece a construir diques y a reconfigurar su agricultura para un mundo tres grados más caliente, significa aceptar que París ha muerto. Es el reconocimiento tácito de que la mitigación ha fracasado. La diplomacia perdió la batalla contra los intereses económicos. Hemos pasado de intentar prevenir el desastre a calcular cómo sobrevivir entre sus escombros.

Ante este fracaso institucional, nuestra exigencia debe cambiar. Ya no bastan las campañas de relaciones públicas vestidas de verde. No importa cuántos árboles planten para la foto de un político si los planes de desarrollo y la deforestación legalizada siguen asfixiando nuestra resiliencia. El “cero neto” es insuficiente, es apenas un torniquete corporativo en una hemorragia planetaria.

Es urgente transitar hacia un enfoque regenerativo. Las políticas y la inversión privada deben medirse bajo un estándar innegociable: los números netos de capacidad ecológica y biodiversidad deben ser positivos al final del día. Cada proyecto debe devolverle a la Tierra más vida de la que le extrae. Hoy, después de tanto fracaso, lo sostenible ya no es suficiente.

Nuestra capacidad para soportar el golpe dependerá de que dejemos de maquillar el colapso y comencemos, de una vez por todas, a regenerar la vida que aún nos sostiene. La era de la supervivencia exige una trazabilidad radical, donde cada producto, cada inversión y cada proceso sea auditado bajo la lupa de la transparencia absoluta. El mercado del futuro no pertenece a los “sustentables”, sino a quienes demuestren con datos que son regenerativos. No más cartas de buena voluntad bajo la promesa del 2030. Menos tinta, más vida, más verdad.