El metaverso y la caja

Carlos Hornelas 
carlos.hornelas@gmail.com

La pregunta sobre ¿qué tan real es la realidad? se la han planteado desde Platón hasta Paul Watzlawick o Jean Baudrillard. En los albores de internet, con la burbuja de las empresas Dot.com y la explosión de la galaxia de los blogs, se empezó a experimentar una especie de euforia al pretender no ser lo que uno es en la realidad.

Al tener la posibilidad de nombrarse a través de un seudónimo o alias que uno puede escoger, las personas digitales desdoblaban a las análogas a través de nuevas identidades, que de manera incipiente se bautizaban con los nombres más originales o estrafalarios que podían.

Hay quienes utiliza (ba)n esta condición para hacer cosas que jamás harían en la vida real con su nombre e identidad verdaderos: asediar a personas o grupos en foros con comentarios procaces, agresivos o incisivos; pederastas que crean perfiles como anzuelo para atraer a sus víctimas; terroristas que trabajan en la clandestinidad de la red oscura: hackers éticos que buscan pasar desapercibidos; así como aquellos que si bien no alteran su identidad, digamos que no dicen toda la verdad sobre sus personas, como aquellos que modifican su perfil de Facebook para hacerse los interesantes o quienes de plano crean un avatar para conseguir mejores oportunidades para ligar en Tinder.

Las redes sociales han multiplicado nuestros avatares y máscaras virtuales. Nos llamamos de un modo en Twitter, otro en Instagram, en Discord, y así sucesivamente.

En cada red hemos establecido nuestras preferencias de notificación e intereses y las usamos para diferentes cuestiones: para promovernos, opinar, encontrar pares, vigilar a nuestra vecina, conseguir ofertas, etcétera. Nos hemos creado ellos y superyós artificiales y administramos nuestras personalidades como si repartiéramos papeles en una obra de teatro. ¿Quiénes somos, en realidad? ¿Somos lo que queremos?

La llegada del Metaverso nos plantea nuevas modificaciones conductuales que se irán sumando a las que hemos enumerado. Podré escoger mi apariencia en lo virtual, pero también podré tocar, si tocar cosas virtuales. Actualmente se desarrolla un guante háptico que promete reproducir el tacto, peso, alcance, bordes y superficies de objetos virtuales. Tal vez sea hora de tirar la muñeca inflable.

La experiencia del metaverso plantea un mundo inmersivo y para ello el mundo digital ha iniciado la colonización de la realidad.

Primero a partir del tiempo: cada vez pasamos más tiempo en el mundo digital y como lo señala Lipovetsky, conocemos al mundo real a través de diversas pantallas conectadas o vinculadas a partir de datos con el mundo “natural”: el celular, la computadora, el cajero automático, hasta el ultrasonido.

El tiempo ya es de las máquinas, puesto que estamos enchufados a ellas todo el día. La próxima colonización digital será la del espacio: un ambiente desdoblado o replicado de lo real en el cual se puedan desarrollar eventos conectados entre ambos mundos, como ocurre en Fortnite, cuando se conectan en equipos miembros de diversas edades y países y convergen en un determinado momento en un campo virtual.

Si nos hemos preocupado por la salud mental de quienes son asiduos usuarios de las redes sociales y hemos presenciado sus cambios conductuales y mentales, no imagino que con un metaverso esto pueda mejorar, habida cuenta del primordial interés comercial que fundamenta su origen.

Lejos de pensar que el mundo y la realidad se extiende con el metaverso, me confieso profundamente foucaltiano  y creo que es una nueva forma de encierro en una sociedad disciplinaria que nos da la caja, nos deja entrar a voluntad y nos retira la llave.

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