Por Susana Colin Moya
La creación del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el 3 de febrero de 1939, forma parte del impulso que dio Lázaro Cárdenas a los asuntos de la historia, de las políticas indigenistas y del pasado prehispánico, afirma la investigadora del Departamento de Estudios Históricos, Haydeé López.
La idea de un instituto que protegiera al patrimonio nacional no se gestó en esos años; le antecede una larga trayectoria de profesores e investigadores de campo interesados en el estudio de la arqueología y la historia desde el siglo XIX.
Una de las raíces más añejas del instituto, afirma la investigadora, es el Museo Nacional. Este recinto se fundó en 1825 con la función de “reunir y conservar el conocimiento del país, de su población primitiva, de las costumbres de sus habitantes, del origen y progreso de las ciencias, artes y religión, y de lo concerniente a las propiedades del suelo, el clima y las producciones naturales”, escribe Julio César Olivé en INAH. Una historia.
La profunda inestabilidad política del siglo XIX se manifestó en la poca atención y continuidad que tuvo el museo. No es sino a finales de siglo, con Porfirio Díaz, que el museo alcanza estabilidad y que se definen claramente las áreas que lo componían.
En 1896 eran 3 grandes departamentos: Arqueología, Historia de México e Historia Natural, además de una pequeña sección de Antropología y Etnografía. Era un museo holístico, es decir, contenía todas las ramas del conocimiento en él, concluye la también arqueóloga Haydeé López.
En 1909, las colecciones naturalistas se separaron para formar el Museo de Historia Natural en el edificio del Chopo y entre 1936 y 1942 las colecciones históricas constituyeron al Museo Nacional de Historia en el entonces recién entregado al pueblo de México, Castillo de Chapultepec.
En 1964 las piezas arqueológicas se trasladaron al actual Museo Nacional de Antropología y, finalmente, las colecciones provenientes de diversas culturas del mundo permanecieron en el edificio de Moneda 13 para conformar, en 1965, el Museo Nacional de las Culturas.
Durante el siglo XIX, México fue destino recurrente para viajeros europeos y norteamericanos quienes solían hacer, sin ninguna prohibición, excavaciones arqueológicas de donde sustraían vestigios que se llevaban a sus respectivos países, enriqueciendo a los museos europeos.
De acuerdo con el investigador Bolfy Cottom, ante este panorama y en concreto, ante la petición de exportación de piezas por el explorador francés Désire Charnay, se desató un debate en la Cámara de Diputados sobre la protección de estos bienes.
¿Debían o no permitir a los exploradores extranjeros llevarse las piezas arqueológicas que encontraran en México? Esta discusión fue el preámbulo de la primera ley federal en materia de monumentos, promulgada en 1885, donde se estipulan los mecanismos para hacer exploraciones y estudios arqueológicos en el país.
Quedó entonces explícito que todo aquello que se encontrara pertenecía a la nación mexicana y por lo tanto, no debía salir del país. Por el contrario, los hallazgos debían entregarse al Museo Nacional para su resguardo.
La importancia de esta ley es que a partir de ella “se consolida la idea de que los bienes del pasado son relevantes no sólo para las élites, sino para toda la población, que son símbolo de una unidad, de un pasado en común y que por lo tanto deben ser conservados […] nos hereda esta noción que tenemos de patrimonio, centrándose en el pasado prehispánico” afirma la doctora Haydeé López.
Con este precedente se pone en marcha la Inspección General de Monumentos, instancia encargada de supervisar las excavaciones arqueológicas. Tras la Revolución Mexicana, el considerado padre de la antropología, Manuel Gamio, transformó esta instancia en el Departamento de Antropología, que posteriormente cambia a la Dirección de Arqueología “es esa, la que con otros nombres va a integrar al INAH”, concluye.
El otro eslabón que integró al instituto fue la Dirección de Monumentos Coloniales, creada durante el gobierno de Victoriano Huerta, hacia 1913, en un esfuerzo por conservar el patrimonio cultural del pasado hispano, como la arquitectura colonial.