Salvador Castell-González
Puede que no te guste el reguetón o el Super Bowl, pero hoy es imposible ignorar que lo latino está en el centro de la conversación global. Los Grammys y los estadios de fútbol americano han convertido nuestra identidad en espectáculo de masas. El mercado no miente: el poder adquisitivo latino en EE. UU. supera los 2.8 billones de dólares, y el consumo de géneros latinos en plataformas como Spotify ha crecido un 40% en los últimos cinco años. Lo latino no solo vende; hoy, lo latino define la tendencia.
Sin embargo, tras el brillo de las luces aparece una tensión que no podemos ignorar. Mientras se celebra nuestra alegría en el show más visto del mundo, las estructuras de poder ejercen una hegemonía sistémica que asfixia a quienes encarnan esa misma identidad. Vivimos la paradoja de un mundo que aplaude la “estética latina” en el escenario, pero criminaliza el rostro latino en la frontera. Es una forma de supremacía cultural: el sistema consume el producto, pero rechaza al ser humano.
Al mirar hacia el Caribe, esta contradicción se vuelve aún más evidente. Allí, las crisis políticas y las presiones externas recuerdan que la identidad no es solo fiesta, sino resistencia. La narrativa del “éxito latino” corre el riesgo de invisibilizar que la cultura también es refugio contra la adversidad y el silencio impuesto. Lo que se celebra como diversidad en un estadio puede ser, en otro contexto, la voz que lucha por sobrevivir.
De esa tensión surge la pregunta inevitable: ¿estamos ante una evolución social genuina o simplemente frente a un hashtag patrocinado? La mercantilización corre el riesgo de vaciar de propósito un proceso que debería ser de empoderamiento. Y aquí aparece un motor invisible que condiciona la percepción: los algoritmos de recomendación. En plataformas como Spotify, TikTok o YouTube, la lógica de “similitud y retención” crea un fenómeno de retroalimentación donde solo los rasgos más comerciales y digeribles son amplificados. El resultado es un aplanamiento de nuestra diversidad real; lo que no encaja en el molde del éxito viral queda fuera del radar global.
Esta hipervisibilidad, aunque poderosa, es un arma de doble filo. Puede abrir puertas hacia la justicia o convertirse en un accesorio de diversidad para limpiar la imagen de grandes corporaciones. Este foco de atención puede y debe convertirse en un proceso abierto y evolutivo de lo que el Sur Global representa para los países poderosos. Es el momento de iniciar una transformación profunda que nos permita dejar de ser, de una buena vez, “países en desarrollo” y comenzar a diseñar nuestra identidad latinoamericana justa y sustentable.
Figuras de influencia han amplificado nuestra voz, desde Shakira llevando nuestra lengua al mundo hasta Residente convirtiendo la música en manifiesto político. Todos ellos han abierto el camino, y hoy tenemos una gran oportunidad de que esta centralidad se traduzca en dignidad y cambios reales, y no solo en un coro que se apaga cuando termina la canción.



