CARLOS HORNELAS
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Todos sabemos que el sistema se mueve a través de la ley de la oferta y la demanda, y el motor que inclina la balanza entre una opción y otra está dado por la producción, la distribución y el consumo. Nada nuevo. Lo sé. Esquemático, mmm tal vez.
En los medios llamados ahora tradicionales como la prensa, la televisión y la radio, la producción estaba sujeta a quienes poseyeran los medios adecuados para la generación de los productos comunicativos. Como se advierte, solo los grandes consorcios contaban con las herramientas tecnológicas para poder producir los contenidos. Los costos eran elevados en general y por supuesto el número de empresas dedicadas a estos menesteres eran unas cuantas.
En cuanto a la distribución, las concesiones para radio y televisión siempre fueron consideradas de carácter estratégico para varios países, como el nuestro, en el cual se tiene que cumplir con una serie de requisitos para poder gozar del permiso para el uso del aire por el que circulan las ondas que transportan los programas.
Con la llegada de internet todo el ciclo cambió. La producción de contenidos se hizo más asequible, la distribución a través de cuentas personales en las redes sociales virtuales en espacios personales sin editores que sancionaran el contenido se hizo cada vez más habitual. Y los usuarios podían consumir el contenido cada vez que quisieran, en el horario que desearan.
La IA ha alterado estos ciclos nuevamente. Ahora el usuario promedio con un manejo mínimo de ingeniería de prompts puede producir hasta pequeños videos con condiciones que antes requerían mucho trabajo de técnicos especializados en efectos especiales, equipo de altas especificaciones o software específico.
El problema hoy no es la producción, de hecho la producción está en auge como nunca. Hay autores de libros que pueden generar contenido para la industria editorial en línea en tiempos ridículamente cortos. Hay cada vez mayor contenido en la red generado con ayuda o exclusivamente con el uso de la IA.
Manuel Martín Serrano, un teórico de la comunicación dice que la comunicación es un trabajo en el sentido más clásico del término: implica el uso de determinadas energías, un desgaste y un producto distinto de los insumos usados en el proceso.
El esfuerzo por la producción de los contenidos de la IA por supuesto, es cada vez menor para quien hace el prompt. No tiene más que dar las indicaciones y la IA llenará, por así decirlo, el resto de la página.
Hay un segundo esfuerzo: aquel que lleva a cabo quien recibe el mensaje para hacerlo inteligible y generar una reacción, emoción, idea o reflexión cuando se entera del contenido. Si su presentación y articulación es adecuada, la fricción por entender será mínima, por el contrario, si el estilo es tortuoso u opaco, el esfuerzo será mayor y en algunos casos determinante para no consumirse.
En la actualidad los contenidos empiezan a tener ciertas características para que puedan “leerse mejor”, lo cual no quiere decir que sean más claros, sino que el nivel cognitivo requerido para su consumo es cada vez menor. Hay menos esfuerzo en ambos sentidos, lo cual apunta a una mayor cantidad con menor calidad del contenido.
Cuando imparto mis clases de comunicación suelo apuntar al hecho que el esfuerzo comunicativo es teleológico: quien comunica espera lograr algo con su receptor (la compra, el voto, la anuencia) pero al disminuir los esfuerzos en la comunicación, al bajar la calidad, solo aumenta la sospecha de leer algo no humano y sin saber qué es lo que se busca: se pierde una parte del aura de autor, se gana en producción y se pierde en confianza y claridad.



