La mejor maestra

Mario Barghomz

mbarghomz2012@hotmail.com

No hay otra como ella, amena, extraordinaria, a veces simple o profunda, graciosa en ocasiones, fantástica por supuesto, versátil, entretenida, extensa o breve, densa o llana. Pero la que yo prefiero es a la maestra sabia, de la que aprendo, la que me ilustra y no deja de asombrarme. La maestra inteligente a la que acudo cuando quiero preguntarle algo, cuando tengo una duda sobre cualquier cosa o cuando tengo el deseo simplemente de saber sobre algún tema o sobre el mundo, la ciencia, la historia, el arte o la astronomía, la literatura, la cultura o la filosofía. Lo que menos me importa es que solo me entretenga.

Con ella puedo pasar toda una mañana o toda una tarde, a veces toda una noche o parte de la madrugada, además de que se ha vuelto mi mejor compañera de viaje, mi mejor confidente y una de mis mejores relaciones de vida. Porque no hay equívocos con ella, ni de lealtad ni de fidelidad. Siempre ha sido y creo que será hasta el fin de mi vida, mi mejor compañera.

Cuando era un adolescente me enseñó a escucharla por radio. Me contaba historias que me invitaban a imaginar mundos fantásticos, extraños y extraordinarios. Aunque está conmigo desde que era yo un niño y alimentaba mi imaginación con revistas de superhéroes, personajes y caricaturas populares. Pero también fue en la adolescencia cuando tuve acceso a mis primeros libros; literatura alemana, luego francesa, inglesa, rusa y norteamericana, la clásica griega y romana. La española, latinoamericana y mexicana llegarían más tarde: narrativa, ensayo y poesía, sobre todo. Mis primeros autores siempre fueron clásicos, muchos de ellos premios Nobel. “Mentes Nobel” -dirían los ingleses. Me enseñaron a comprender el mundo del que me hablaban, la gente y situaciones que describían, el aprendizaje constante de un universo a través de las historias que contaban. Descripciones, dramas y personajes que con el tiempo se fueron quedando en mi memoria y que sin duda siempre me guiaron en mi propio viaje por la vida. A ella le debo lo que soy ahora.

Destino o suerte; esa gran maestra sigue conmigo y ahora le ha dado por enseñarme neurociencia, biología molecular, física cuántica, filosofía y divulgación científica. Y estamos entrando al mundo del conocimiento del cuerpo humano, a su bioquímica y la gran posibilidad de que tenga una existencia más larga avalada por los nuevos descubrimientos de científicos dedicados a ello.

Mi maestra es una sabia también en ese campo, atenta y generosa. Además, que con las nuevas herramientas de ahora me ilustra de manera más pronta y práctica. Con libros que ya no son de papel sino digitales, de los que obtengo siempre un adelanto y luego puedo descargar en segundos de manera más ágil, barata y sencilla. Aunque a veces (pero ya solo ocasionalmente) regreso a los libros tradicionales. Esta maestra a la que me refiero no ha sido nunca iracunda ni gruñona, miserable o díscola, sino atenta, paciente y generosa, accesible y dispuesta siempre a estar conmigo. Cuando digo su nombre lo hago sin apellidos. Y cada que puedo, como ahora, me gusta escribirlo con letras: Lectura.

Leer no solo alimenta la imaginación, explica hoy la neurociencia; cada palabra activa redes neuronales relacionadas con la memoria, las emociones y el lenguaje, fortaleciendo la concentración y la empatía. Además de que la lectura estimula la reflexión y el análisis, implicando al lector en un viaje interior que permite la liberación de dopamina, serotonina y oxitocina, las principales sustancias del bienestar y el placer. Asimismo, la lectura estimula la neuroplasticidad, postergando el deterioro cognitivo al actuar como un verdadero gimnasio para la mente.