La nueva Mérida

Mario Barghomz

mbarghomz2012@hotmail.com

Desde la llegada misma de los Montejo y luego también del tiempo de su fundación el 6 de enero de 1542, la ciudad de Mérida nunca ha sido la misma. Pero tampoco nunca sus cambios se habían visto tanto en la brevedad de un tiempo que no rebasa el último medio siglo.

Y si bien cuando hablamos de prosperidad y desarrollo, la ciudad siempre se mantuvo dentro de un perfil bajo aún sobre el patrimonio y riqueza del grupo de latifundistas henequeneros que hicieron de Yucatán uno de los estados más destacados, Mérida, desde su fundación, se mantuvo simplemente “noble y leal”, tal y como fue bautizada.

Su origen español se sincretiza con la arquitectura de sus casonas de estilo afrancesado neoclásico posterior al movimiento renacentista, y momento de su gestación, al que sí pertenece el estilo arquitectónico de su catedral, independiente, también, de sus elevados remates moriscos. Hoy Mérida es otra, distinta a la de hace apenas 20 o 30 años, con nuevos hoteles, cafés, restaurantes, los nuevos servicios de Airbnb, centros y plazas comerciales comúnmente utilizadas en sus extensas áreas para paseos recreativos, lugares de entretenimiento, usos múltiples y de alimento, una plaza central recién remodelada y un inesperado y moderno fenómeno de gentrificación dedicado a ocupar casonas antes desocupadas o edificios a punto de derrumbarse, dándole a Mérida otro aspecto, el de una ciudad que paulatinamente abandona el descuido y la negligencia de un pasado yerto para convertirse en una pequeña cosmópolis turística y atractiva, destino vacacional y de descanso (y también de asentamiento) de gente de todo el mundo, sobre todo, europeos, estadounidenses y canadienses.

La población actual de Mérida se calcula en alrededor de 2.2 millones de habitantes (más todo el actual movimiento turístico) que hace también de la ciudad un espacio cada vez más denso y complicado para transitar vehicularmente en ella. Su crecimiento y anchura han permitido que su desarrollo siga hacia el norte, permitiendo el asentamiento y construcción de grandes edificios, tanto departamentales, empresariales y de negocios, así como también el de nuevos y modernos campus universitarios que hacen de Mérida otra ciudad, con otro rostro y otras prerrogativas. Otra ciudad que debe conservar esa parte vernácula y tradicional que la identifica y la define; sus raíces y costumbres, su identidad prehispánica y mestiza en el gusto por su atuendo y bailes tradicionales, su comida y sus canciones, las zonas arqueológicas y rutas turísticas que, sobre todo y verbigracia, son el ancla y atractivo de una ciudad que invita no solo a mirarla, pasear en ella, sino quedarse a vivir en ella.

Esta es la nueva Mérida a la que yo llegué hace ya más de 40 años, donde no había nada o apenas había algo, un par de cafés: “La Pop” y el “Exprés”, un par también de pizzerías y pocos o ningún buen restaurante. Llegué entonces a involucrarme con la educación como maestro, el arte, la literatura y la cultura de un pueblo hambriento de perspectiva, de desarrollo y crecimiento. Hicimos entonces muchas cosas por Mérida; creamos un Instituto de Cultura, editamos libros y revistas (yo me encargué de un periódico de divulgación cultural), se creó la Compañía Estatal de Danza (clásica y contemporánea), la Compañía Estatal de Teatro, la Orquesta Sinfónica y se abrieron galerías y salas de arte tanto de pintura como de fotografía… Mérida comenzaba a ser otra.

Hoy es una ciudad de paz, leal, noble y segura, una ciudad que no solo permanece, sino que se mantiene en un movimiento constante de cambio y desarrollo.