Limpian tumbas en el cementerio Xoclán por el Día de Muertos

El ingreso al Cementerio de Xoclán se tiñe de color, pero bajo ese resplandor vive el silencio de miles de almas que un día “cambiaron de domicilio” sin aviso. ni retorno. Es un lugar sin mucha sombra, pero lleno de historia, donde cada tumba guarda un suspiro, una promesa o un recuerdo que se niega a morir.

Cada año, durante el Día de Muertos, ese camposanto despierta y se convierte en un escenario de reencuentros entre la nostalgia y la eternidad.

Entre los pasillos, hombres y mujeres llegaron con brochas, cubetas de pintura y flores frescas, dispuestos a devolver un poco de vida al mármol envejecido. Con cada trazo y cada color, parecen decirles a sus muertos: “no te he olvidado, sigo aquí, pintando tu memoria para que el tiempo no te borre”.

En los pasillos, la gente cortaba ramas de árboles secos, lavando tumbas, o simplemente rezar frente a su difunto.

“Nosotros siempre venimos un día ante del 1 de noviembre, porque, acá se llena de gente. El operativo de los policías, te revisan hasta las flores. No te puedes estacionar secar de la zona de la tumba donde está mi pariente. Es un show. Entonces venimos hoy por eso, le rezamos a aquí a mi mamá, doña Margarita y en un par de horas no vamos”, explicó la señora Melina, quien acuden a visitar a su progenitora desde hace 10 años al cementerio.

Mientras el sol caía lento sobre las lápidas, agentes policiales recorrían en silencio los pasillos del cementerio. Sus miradas atentas se perdían entre las cruces y los murmullos del viento.

El ambiente se sentía contenido, casi inmóvil: ni tanto calor, ni tanta gente, solo el eco de los primeros pasos que llegaban a visitar a los que ya no están.

A las afueras, elementos de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) custodiaban los accesos. Entre conos naranjas y órdenes precisas, vigilaban el flujo de personas que poco a poco se acercaban con flores en mano.

 Las cempasúchil humildes y radiantes, se ofrecían por 30 pesos, mientras las rosas y crisantemos, más elegantes y dolientes, alcanzaban precios que superaban los 150. En el aire, el aroma de las flores se mezclaba con el silencio, creando una atmósfera donde la vida y la muerte parecían mirarse frente a frente, sin miedo.

Texto y foto: Alejandro Ruvalcaba