Mis días de filosofía

Mario Barghomz

mbarghomz2012@hotmail.com

Hace un par de días leí que era día de la filosofía. Día o no de la filosofía para mí todos los días son días de filosofía; de pensar, de sentir, de preguntar, de hacer reflexión o contemplar; de observar todo aquello que le da sentido a mi vida, que me muestra un propósito o una oportunidad.

“Pienso, luego existo”, dijo René Descartes, aludiendo a la reflexión sobre su existencia. Pero no sólo al darse cuenta de que estaba ahí, sino de que había un propósito para estar; ¡vivir! Y ese propósito era suficiente para validar su pensamiento.

Sin vida no hay sentido, y sin sentido se pierde toda orientación de aquello que se desea o se busca. Y lo que deseamos queremos tenerlo. Y lo que buscamos queremos encontrarlo. De no ser así; de no obtener lo que deseamos o de no encontrar lo que buscamos, nuestra vida pierde su sentido. La ecuación es simple. Y todo resultado va siempre implícito al sentido de vivir. Toda buena o mala vida dependerá siempre de ello. Aunque a veces, sólo rechazamos la oportunidad.

Pero sólo pensar no es suficiente si cada pensamiento no va seguido de nuestra voluntad. Pensaba yo hace poco (lo escribo como ejemplo) en aquellas palabras de Jesús dichas al joven que quería ir con él, pero que antes debía ir a enterrar a su padre que había muerto (Lucas: 9: 60); “Deja que los muertos entierren a sus muertos, sígueme ahora si deseas hacerlo” -le dijo Jesús-. La idea enfatiza la prioridad de la misión espiritual sobre las ocupaciones mundanas, como los funerales. Naturalmente y aún en los hombres religiosos o de mucha fe, no es fácil admitir este juicio, por el gran apego que nos liga a las cosas materiales del mundo, aunque sea un mundo muerto.

Sin duda, para muchos, las palabras de Jesús suenan extrañas. ¿Cómo no va a querer Jesús que uno vaya y entierre a su padre antes de seguirlo, o que uno siga teniendo en la memoria la muerte de sus padres?

La mente debería ayudarnos a entender que lo que Jesús le argumentó aquel día al joven que quería seguirlo, era que el espíritu de un muerto ya no estaba, y que él era un espíritu viviente. Que lo espiritualmente vivo es lo que debería motivarnos, y no lo que ya no existe. Aunque en el mismo sentido, Dios también está primero (Dios vivo) antes que cualquier otra tarea; así sea la de ir a enterrar el cadáver de un padre o dedicar tiempo a los muertos.

Pero pienso; las cosas que son de este mundo son las que amamos. Lo demás no existe; está en el puro pensamiento de nuestra mente, en las ideas de nuestra consciencia. Y es esa mente la que piensa a la que se refiere Descartes. Y sin filosofía no hay pensamiento; al menos no uno que valga, discierna o reflexione, que me permita elegir o tomar decisiones.

La libertad que se asume como natural del ser humano surge precisamente de nuestra consciencia, de nuestra razón de ser, pensar y elegir. Elegir ser o no, preferir una cosa o la otra, depende de nosotros mismos, asumiendo la naturaleza de nuestra consciencia y voluntad.

El joven que quería seguir a Jesús, debió elegir si seguirlo o no en aquel momento. Pero hacerlo o no, determinaría su destino; el sentido de su vida. “Ser o no ser” como dijo Shakespeare en Hamlet; será sólo aquello que uno mismo determine y de lo que derivarán todas las consecuencias posteriores en el devenir de nuestra vida.

¡Esto es filosofía!