Nuestra querida televisión

Jhonny Eyder Euán
jhonny_ee@hotmail.com

No soy de los que venden sus pertenencias, pero en este caso tuve la necesidad de deshacerme del aparato más preciado de la casa. Surgió una urgencia y, tras sacar cuentas, la familia entendió que teníamos que vender nuestra única televisión. Era un sacrificio para nosotros, pero no dimos marcha atrás. Sin embargo, hoy todos nos vemos las caras aburridas y sentimos rabia, mucha rabia.

Un amigo de mi hijo nos ayudó con la venta por redes sociales. Le tomó fotos a la pantalla con su iPhone y nos avisó cuando la publicación ya estaba hecha, y que faltaba esperar que alguna persona se interesase en la televisión.

No entendí cómo, pero en apenas dos días apareció un comprador. Pepe, el amigo de mi hijo, llegó con su bici a la casa y enseguida nos enseñó desde su teléfono los mensajes que un señor le había mandado. Nos dijo que la venta estaba acordada, pero que el comprador no podía venir al pueblo por la televisión, por lo que nosotros tuvimos que viajar hasta la ciudad.

Fue un sábado desde muy temprano que el vecino nos ayudó para llevar la pantalla con su triciclo hasta la terminal de camiones. Con un poco de trabajo subimos el aparato al autobús y nos fuimos mi hijo y yo hasta la ciudad.

Cuando llegamos nos costó movernos con la pantalla hasta llegar al Parque de los Borrachos, punto de encuentro que Pepe eligió para la venta. Apenas llegamos, pusimos la televisión en una banca y mi hijo fue por unos refrescos al Oxxo para esperar con calma al comprador, pues habíamos llegado con casi cuarenta minutos de anticipación. Durante la espera le prometí a mi hijo que luego nos compraríamos otra pantalla, “una grandota de sesenta pulgadas”, le dije.

No niego que dudamos y quisimos agarrar la tele y correr de regreso al pueblo, pero en cada titubeo recordamos la necesidad que teníamos y por eso mejor seguimos esperando la llegada del señor que nos pagaría cuatro mil pesos por nuestra querida televisión.

Comenzaba a impacientarme cuando un tipo de lentes oscuros y gorra del América se nos acercó y preguntó si éramos los de la pantalla. Dije que sí y el señor se mostró confundido, como si no esperara que fuéramos nosotros los vendedores. Yo le expliqué que un amigo nos ayudó con el proceso y demás y le comenté que podíamos sacar la televisión para que la observara a detalle, pero no quiso. Creo que en ningún momento nos miró a la cara, únicamente se fijó en nuestro atuendo y la caja vieja de la televisión.

No pasó ni un minuto desde su llegada cuando nos dijo que no compraría el aparato. Ante mis preguntas se limitó a decir que el producto “se veía malo” y que quizás era robado. Estupefactos vimos irse a toda prisa al hombre que se había burlado de nosotros.

Lo peor vino después del desplante. En el camino a la terminal de camiones un motociclista no se fijó y se estrelló contra un kiosco de periódicos. Nosotros pasábamos por esa calle y las láminas del kiosco se nos cayeron encima. Salimos casi ilesos del accidente, pero nuestra querida televisión regresó a casa totalmente cuarteada.

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