Mario Barghomz
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En todos y cada uno de los argumentos de las cuatro películas de John Wick, un thriller protagonizado por Keanu Reeves, y que se ha convertido en un clásico de las películas de acción; el elemento central son las decisiones que toma John y que invariablemente le acarrean consecuencias. Es la constante de Wick, involucrado en una serie de situaciones límite donde debe elegir, y donde la vida siempre le va de por medio, precisamente por sus decisiones.
Y como en las películas y la vida de Wick, toda vida se define por nuestras decisiones, por aquellas rutas que decidimos tomar, y aquellas otras que nos negamos a seguir. Y sobre eso no debe haber arrepentimientos ni culpas, ni propias ni ajenas. Somos los arquitectos de nuestro propio destino.
Sin decisiones nadie va a ninguna parte, al norte o al sur cuando es necesario, seguir o quedarse. Quien no decide no avanza, no fluye. No hay camino en la vida que pueda avanzarse si no se decide. Julio César sabía que, si cruzaba el Rubicón para seguir hasta Roma, desafiando al Senado romano, desataría una guerra civil, y no habría vuelta atrás. Cuando Hitler decidió mandar la mayor y lo mejor de sus tropas para invadir Stalingrado que nunca pudo ser tomada, esa decisión fue el punto de inflexión para que más tarde perdiera la batalla contra los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
Todo parece conectarse o relacionarse a través de lo que decidimos; el amor, el trabajo, la amistad o la familia. Decir algo o quedarse callado, actuar o no hacer nada será siempre determinante a la hora de saber quiénes somos. Todo destino humano tiene que ver con lo que decidimos hacer. Bueno o malo, no hay vida que valga sin ello. El amor mismo, con todo y sus riesgos, la desgracia o el rechazo; es un sentimiento que no se obtendrá si no se elige. La decisión de ignorarlo; traerá consecuencias.
Quien decide actuar sin más moral que la suya y sin más ley que la propia, como los enemigos de Wick; se atendrán a las consecuencias. “Los mataré a todos” -dice Wick-. Ninguna decisión está exenta de expectativas o riesgos. Todas nos involucran con algo. Quizá sea también Shakespeare uno de los mejores ejemplos para hablar del tema. Hamlet, su personaje, está definido por todas y cada una de sus decisiones. Tomar o no tomarlas decidirá su destino. Su padre ha muerto y su madre se ha casado con su asesino (el hermano). “¿Qué hacer ante el dilema? -cavila el príncipe danés-… he ahí la cuestión”.
Lo mismo podemos observar en nuestros mitos. Eva y Adán sufrieron las consecuencias de su decisión al desobedecer a Dios. Fueron expulsados del Edén. Prometeo fue castigado por los dioses por su decisión de robar el fuego divino del templo de Atenea y Hefesto. Y aunque la moral de su comportamiento pueda justificarse por el bien que hizo a los hombres; Zeus nunca lo vio de esa manera. Aquiles, el príncipe griego citado por Homero en la Ilíada, recibe de su madre el consejo de no ir a la guerra de Troya de donde no volverá vivo. Aquiles decide ir a pelear sabiendo que morirá. Sócrates dejó que la ley ateniense lo condenara a muerte en uno de los capítulos más extraordinarios de la filosofía griega.
En nuestra vida de mortales más simples, no de semidioses, figuras celestiales o personajes de películas, decir sí o no, emprender algo o no hacerlo, aceptar o renunciar, querer o no querer, bajo riesgo o sin él, hacerlo con gusto o bajo presión, con miedo o con plena libertad temeraria de llevarlo a cabo, como a John Wick, siempre nos traerá consecuencias. Pero siempre habrá que moverse, fluir ante la adversidad, el dolor o el gusto por seguir viviendo. Y para ello, habrá que tomar decisiones.




