Therians: el aullido de una generación

Salvador Castell-González 

Quiero empezar con una pregunta incómoda: ¿por qué un adolescente preferiría la manada a la humanidad?

La imagen de jóvenes luciendo colas de felino o aullando en parques públicos ha encendido las alarmas del moralismo digital. Los titulares, sedientos de clics, despachan el fenómeno therian —personas que se identifican espiritual o psicológicamente con animales— como la última “moda peligrosa”. Pero reducir esta expresión a una patología es un error de lectura social y cultural. Detrás de la máscara, lo que asoma no es una enfermedad, sino un síntoma de una civilización en crisis.

La psicología contemporánea coincide en un punto fundamental: identificarse con lo no-humano no constituye, por sí mismo, un trastorno. Mientras exista funcionalidad y redes de apoyo, la identidad therian puede entenderse como una forma de exploración identitaria o búsqueda simbólica de sentido. La pregunta no es qué les pasa, sino qué está pasando en nuestro mundo para que el “ser humano” sea una categoría de la que quieran desertar.

Vivimos en la era de la ecoansiedad. Para una generación que hereda un planeta herido por incendios y extinciones, la etiqueta de “humano” ha dejado de ser un honor para convertirse en un estigma: el de la especie depredadora. En este contexto, el tránsito hacia lo animal es un gesto de resistencia. Un intento de coherencia frente a un modelo agotado.

Y quizá lo que más nos incomoda no es que ellos quieran ser animales, sino que nosotros ya no sabemos qué significa ser humanos.

Pero esta búsqueda no surge en el vacío. Lo que hoy se ridiculiza como extravagancia fue, durante siglos, una forma legítima de identidad. En nuestras culturas originarias, lo animal era linaje, destino y espejo del alma. El nahual entre los nahuas o el way entre los mayas expresaban una continuidad entre humano y naturaleza que la modernidad rompió. Ser jaguar, venado o águila no era una fuga de la realidad, sino una manera de habitarla con más profundidad.

¿O acaso no jugamos todos, alguna vez, a ser un animal? Ese impulso no desapareció: solo lo domesticamos.

La manada ofrece, además, algo que la modernidad líquida ha erosionado: pertenencia radical. En un mundo de soledad digital, familias fragmentadas y acoso escolar, el ritual therian proporciona códigos, lenguaje y validación. “Aquí cabes”, dice la manada, frente a una sociedad adulta que solo ofrece diagnósticos exprés o exigencias de productividad. La identidad animal funciona como refugio, pero también como comunidad. Quizá su aullido no es desafío, sino una pregunta que no hemos sabido responder.

La solución no es el pánico moral ni la ridiculización —herramientas pedagógicas históricamente fallidas—, sino el acompañamiento informado. Antes de escandalizarnos por un aullido, conviene preguntarnos qué dice de nuestro modelo de mundo el hecho de que un joven prefiera ser animal antes que humano. Tal vez no están huyendo de la realidad, sino buscando un lugar en un tejido vivo que sienten que se deshilacha.