Joaquín de la Rosa Espadas
¡Guau, guau!
Vueltas y más vueltas.
—Necesito alcanzarla—.
Giros y giros, intentando librarme de esa criatura extraña, larga y delgada que cuelga justo detrás de mí. Vuelvo a girar, aprieto el paso, insisto. Vueltas, giros, vueltas.
—Ya casi—.
De pronto, la alcanzo. La mastico, mastico sin pensar; la muerdo una y otra vez.
—Oye… sabe muy bien—.
Empiezo por la cadera: trago, trago, trago. Sigo con las patas traseras: devoro sin pausa. El lomo desaparece entre engullidas rápidas y torpes masticadas. Continúo con los hombros, las patas delanteras, el pecho, el cuello. No me detengo.
Ñam, ñam, ñam
—¡Diablos! Ya no queda nada. Me pasé.
Bloqueo creativo
Escribe el elfo de los versos la estrofa que cerrará su obra cúspide. Durante diez años trabajó sin descanso en aquel poemario abismal, puliendo cada palabra hasta el agotamiento. Al mismo tiempo, en otra esquina del mundo —o quizá del mismo cuarto—, un escritor incapacitado lucha por unir tan solo dos palabras. Titula su libro “La luna y el mar”.
—¡Vaya fracaso!— se reprocha—. Como si no existieran más elementos poéticos que la luna y el mar. La luna… la luna… ¡LA LUNA!
Preso del berrinche, el escritor arruga su intento de borrador número 497 cuando unos chillidos agudos le roban la concentración. Frunce el ceño. Abre el cajón de su escritorio y saca un insecticida. Afina el oído, tratando de descubrir el origen del ruido.
—¡He finiquitado la cúspide de la literatura universal! — exclama el elfo, eufórico, celebrando su hazaña.
Ajeno a ello, el escritor gatea por la habitación hasta hallar la fuente de los sonidos: un hueco en forma de medio círculo en la pared, la entrada a una madriguera.
—Mi gran creación, tan profunda como el mar y tan resplandeciente como el sol— declama el ser mágico con su voz diminuta.
—¿Qué es eso? ¿Una rata? — murmura el humano, y rocía el escondrijo con insecticida.
El elfo se levanta confundido, mira a su alrededor, tambalea… y cae fumigado.
—Un momento…— dice el escritor. Introduce el dedo índice en el hueco y arrastra hacia afuera un manuscrito larguísimo. Lo lee con una lupa, absorto.
—¡Oh, Dios santo! Estos versos… son increíbles, maravillosos. Y ahora son míos. Esto es un milagro.
La hoguera
La noticia se propagó con rapidez: una bruja merodeaba el poblado. Decían que los porteros le habían permitido el paso porque fueron encantados. En cuanto el rumor llegó a oídos de las autoridades, la mujer fue capturada y conducida sin juicio a la hoguera.
Ataron a la anciana al poste y encendieron la leña. Sin embargo, el fuego no logró más que provocarle cosquillas. Ella reía con una carcajada seca y persistente, como si las llamas fueran plumas.
El público, desconcertado, comenzó a impacientarse; los verdugos, agotados de esperar un desenlace que no llegaba, decidieron posponer la ejecución hasta el día siguiente. La llevaron entonces a una celda y cada quien regresó a su casa para dormir.
Esa noche, algo extraño ocurrió. En cada ventana, de cada ciudadano del pueblo, apareció un conejo. Su sola presencia despertó a los habitantes, que lograron distinguir su silueta entre las sombras. Este conejo parecía arder en un resplandor.
Al amanecer, los verdugos regresaron al calabozo, dispuestos a retomar la tarea pero cuando abrieron la puerta quedaron paralizados: en el lugar donde debía estar la bruja, se encontraba una zanahoria, fresca y brillante.



